Crítica: Spider-Man: Sin camino a casa

Nace el multiverso arácnido

Título original: Spider-Man: No Way Home

Año: 2021

País: Estados Unidos

Género: Acción, aventura

Dirección: Jon Watts

Guion: Chris McKenna, Erik Sommers

Protagonistas: Tom Holland, Zendaya, Jacob Batalon, Benedict Cumberbatch

Fotografía: Mauro Fiore

Música: Michael Giacchino

Producción: Marvel Studios, Pascal Pictures

Duración: 2 horas y 28 minutos

Cuando las cosas se tornan complejas, cuando una serie de personajes con un recorrido consolidado se disponen a encontrarse, Marvel se siente cómodo. Ahora lo demuestra en Spider-Man: Sin camino a casa, un film que trata de capturar las sensaciones de cada película del amigable vecino arácnido.
 

Como sucede en Infinity War (2018) o Endgame (2019), la fábrica de superhéroes detiene su inercia para pensar un poco más en los personajes y en los propios engranajes de la trama. La fórmula no cambia, pero sí potencia sus bondades, se exige y, gracias a un libreto mucho más directo que los de otras producciones del Marvel Cinematic Universe, permite que Tom Holland, Jacob Batalon y Zendaya eleven su carisma.

También -y por fin gracias a la narrativa más que a los aforismos- se eleva otro mensaje, el de la “cura”, el de la segunda oportunidad para quienes se han automarginado del mundo y están destinados a una existencia alternativa. ¿Es la cura para alcanzar la normalidad? Por fortuna, Marvel esquiva ese concepto y solo se refiere a las partes siniestras, agresivas o demasiado ambiciosas e imponentes. Y algo más: no fuerza ese discurso.

La exposición cuidada de cada “malvado” y la búsqueda de esa cura construyen un rally que logra disipar el fan service y la acción por la acción; la sinergia con Dr. Strange (el siempre cautivante Benedict Cumberbatch) no se desconecta en ningún sitio. Es uno de los puntos más altos en los hilos conductores del MCU, un tejido sólidamente hilvanado que, por momentos, recuerda más a WandaVision que a los Avengers.

También reluce la fuerza del casting. Willem Dafoe, Alfred Molina y Jamie Foxx son las cabezas visibles de una energía que retorna y explica cómo, a veces, los nombres famosos del cine no están ahí solo por la “camiseta”. Hasta la música supera lo funcional en algunos aspectos.

Sin embargo, tal fuerza exprime pasajes de comedia o de conflictos que, o bien se resuelven en conversaciones cuyo esfuerzo por romper la cuarta pared carecen de tensión, o bien por la mera suspensión de la incredulidad. El cariño del fandom por sus figuras es otro poderoso motor que, sin querer, elimina otras posibilidades.

Pero, al final, esa segunda oportunidad, ese nuevo inicio que MJ afirma, parece replicarse y rebotar por todo el espectro arácnido, desde la visión de Sam Raimi en 2002 (cuyo estilo de cámara se recupera aquí) hasta la fecha.

Si la octología de Spider-Man terminara así, no cabría reclamo alguno. El trabajo está hecho, la reunión está completa y los últimos ítems redimen las fallas de los anteriores.

Claro está, como menciona Peter Parker, “esto es lo que hacemos”. Y Spider-Man, como James Bond, no puede morir mientras haya otros universos que salvar. La pregunta, ahora, es: ¿el multiverso tiene más mensajes, o se puede agotar de inmediato? Al menos por ahora, Marvel -ya un verdadero monopolio de los superhéroes- nos hace creer que las reinvenciones son posibles.

Lo mejor: la solidez para conectar acciones, personajes y discurso.

Lo peor: ciertas resoluciones asoman apuradas.

Brinda: Esperanza

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