Crítica: Space Force

Por Emilio Gola

En una habitación cerrada, Mark Naird (Steve Carell) da un discurso que celebra su promoción a General de cuatro estrellas de los Estados Unidos. Como en casi todos los speeches del cine, la cámara realiza un primer plano mientras una música gloriosa suena. Pero, como le piden que se apure, Naird termina su discurso y vemos el contraplano: apenas lo aplauden un puñado de participantes, su esposa e hija. La sátira de Space Force comienza.

 

La serie de Netflix es una clara referencia a la Space Force creada por el presidente Donald Trump en vísperas de la nueva carrera espacial norteamericana y el deseo de “controlar” el espacio exterior. Carell es el centro de un producto donde, como en The Office, las cosas nunca salen bien o mal del todo. Pero si el fan de aquel falso documental de oficinistas piensa que esta es la misma producción ubicada en otro ámbito, se equivoca. Lo único que comparte con esta serie es su creador, Greg Daniels, y al propio Carell.

Con un estilo de filmación que busca prolijidad y hasta el drama en ciertos puntos, y un humor más lineal, Space Force se aferra tanto lo familiar como a lo incompleto, a lo que puede ser y no es, a la exageración que luego da paso a recursos más sutiles, y viceversa.

 

Por eso es que, sin ningún tipo de conocimiento científico, Naird logra apurar -con éxito- el lanzamiento del primer satélite, solo para ver cómo un caricaturesco dispositivo chino lo deshace. Por eso, también, la discusión por el presupuesto de la fuerza espacial ante congresistas que son parodias de los que actualmente cumplen cargos en el gobierno estadounidense.

 

También está Adrian Mallory (John Malkovich), científico principal del complejo de Colorado donde intenta ser la voz de la razón ante las decisiones de sus superiores. Su idas y vueltas con Naird aportan una leve aunque interesante crítica al duelo vigente entre ciencia, política y militarismo.

 

Hay más ejemplos a través de la esposa de Naird, Maggie (la ex Friends, Lisa Kudrow), quien de un capítulo a otro cae presa sin saberse el motivo (un acierto cómico, como los mismos creadores expresaron en una entrevista), y en el general Brad Gregory (Don Lake), un verdadero pan de Dios que solo busca cumplir el reglamento de su puesto de recepcionista.

 

Pero, ¿qué acompaña a esta puesta en escena? No es el espacio ni los cohetes en sí, sino algo que sí se puede ver en The Office o la sucesora Parks & Recreation: ticks dialoguistas y gestuales (efectistas, al fin) que marcan el ritmo de cada personaje: aparecen Carell y sus ya clásicos sonidos y carrasperas (incluyendo la coreografía de su canción anti-stress), las opiniones out of context del equipo de científicos, un alocado responsable de marketing al que todos llaman “Fuck” Tony (Ben Schwartz, que estuvo en Parks & Recreation) y hasta un chimpancé hecho por computadora que, de manera inverosímil, es forzado a arreglar un satélite.

Ese camino no lleva a un mal resultado. De hecho, cada capítulo tiene su rasgo de interés, y por eso la serie mantiene el enganche. Simplemente, hay momentos donde los ticks funcionan, y otros que corren al límite de la incomodidad o no conducen a nada.

 

La contracara son las escenas de Erin (Diana Silvers), la hija semirebelde de Naird, que aporta ese toque de realidad y ternura capaz de bajar cambios. Sucede tanto con su padre como con la piloto de combate Angela Ali (Tawny Newsome). Esos minutos de intercambio entre la vida inmadura y los conceptos de los adultos representan el segundo -y casi extraño- camino de la serie, uno que impone límites oportunos al americanismo.

 

Si bien Space Force no consigue la versatilidad pretendida, sale a flote al tener esos límites y un guion que, a lo largo de 10 capítulos, explica de diferentes formas que no todo gran emprendimiento está a cargo de los mejores. Muestra de ello es la risa irónica de Naird frente al nombre “Fuerza Espacial”, segundos antes de que lo nombren su jefe.

 
 

🤩 Lo mejor: instantes del pasaje trabajo-familia y del debate científico-militar.
😒 Lo peor: situaciones que necesitan remate, chistes que no encajan.

Valoración: Correcta 🙂

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