Crítica: Hollywood

¿Qué hubiera pasado si...?

Título original: Hollywood

Año: 2020

País: Estados Unidos

Género: Drama

Creada por: Ryan Murphy, Ian Brennan

Protagonistas: David Corenswet, Darren Criss, Laura Harrier, Joe Mantello, Dylan McDermott, Jake Pickin, Jeremy Pope, Holland Taylor, Samara Weaving, Jim Parsons, Patti LuPone

Producción: Ryan Murphy Productions

Plataforma: Netflix

Temporadas: 1 (miniserie)

Duración capítulos: 44-57 minutos

Peg Entwistle es el nombre que resuena a lo largo de la nueva serie de Ryan Murphy e Ian Brennan. La actriz se suicidó en 1932 al arrojarse al vacío desde la “H” del famoso cartel de Hollywood, por entonces “Hollywoodland”. La producción de Netflix trata de redimir esa fatídica H con un toque de fantasía y un, por momentos light, ¿qué hubiera pasado si…?

El hilo conductor está clarísimo desde el comienzo. Jack Castello (David Corenswet) quiere ser una estrella de cine y no descarta tener sexo con clientes de una estación de servicio para conseguirlo (estación comandada por un genial Dylan McDermott que recuerda al editor del diario de las películas de Spiderman). Pero no está solo: Archie Coleman (Jeremy Pope) pretende ser el primer guionista negro en la industria, el director Raymond Ansley (Darren Criss) desea contar una historia que rompa el molde de la industria y su novia, Camille Washington, (Laura Harrier) aspira a ser la primera mujer negra con un papel protagónico.

Además, intervienen un ingenuo Rock Hudson (sí, la representación del verdadero galán a manos de Jake Picking) y la parodia de femme fatale e hija del dueño de los ficticios -y metafóricos- Ace Studios, Claire Wood (Samara Weaving)

Los matices no abundan y la trama se disuelve en ocasiones por la insistencia de los temas propios de Murphy: el destape de una homosexualidad encubierta de forma extremadamente hipócrita, amistades que se reconcilian con ternura y las esperanzas al final de cada arco narrativo. Sin embargo, su toque está ahí, porque, a su manera, cada personaje tiene ángel y no hay reparos en exhibirlo.

La verdadera clave está en esos dúos permanentes o circunstanciales que se hacen y deshacen a lo largo de los episodios, como el de Archie y Rock, o Castello y Avis Amberg (Patti LuPone), o el de Avis y Dick Samuels (Joe Mantello) o… El que se quiera elegir. Párrafo aparte para Jim Parsons (The Big Bang Theory), quien, con malicia de serpiente, encarna a Henry Wilson, famoso representante de actores masculinos en aquel período histórico.

A todo esto, es notable la intensidad de algunos momentos de presión, fracaso o éxito, instantes que marcan de maravillas lo que significa esta industria. Lo mismo para las decisiones acerca del rumbo de una película: bastan solo unos segundos de palabras entre el productor y el director para remarcar lo que implica una buena actuación, la construcción de la tensión dramática o la importancia del mensaje que pretenden entregar al espectador.

También es notable la previsibilidad de situaciones. Está bien, es inevitable dedicar un tiempo al sexo como moneda de cambio y a las historias de los negros y asiáticos que no tenían lugar en los puestos principales de la industria. Pero siguen estando ahí, con una sobre-explicación que, aunque atenuada por las interpretaciones y un tono caricaturesco, está a la orden del día.

Más aún: los colores vívidos y la música de jazz solo están para recordarnos la época “dorada”, y hay melodías que surgen cuando uno de los personajes le genera una revelación de vida a otro. El discurso moral -y armado para encajar en una escena- apaga la chispa de otras secuencias.

Por otro lado, y adecuada a su idea revisionista, Hollywood tampoco duda en mostrar las miserias y orientaciones sexuales de figuras como la actriz Vivian Leigh, el dramaturgo Noél Coward o los equipos de fútbol americano.

Las elecciones, entonces, son las que funcionan y crean un buen conjunto de situaciones. La manera acelerada de Murphy emplea amplias elipsis para proseguir en este ritmo y unir el destino de los personajes en su viaje hacia el éxito y la “reescritura” que pretenden para con la industria. A veces, esos saltos desquebrajan la continuidad, pero la propia inercia de la serie los termina asimilando.

Y llegamos a la metáfora de la presentación, los personajes que escalan el cartel de Hollywood para ver el amanecer desde lo alto de sus letras. Es bella porque, a pesar de las batallas laborales que recrean en la serie, no se pisan ni empujan, sino que se ayudan y distribuyen en las letras. “Hay lugar para todos” parece decir la imagen, al contrario de lo que sucedía en los 40 y 50. Ciertamente lo hay, aunque el discurso que lo remarca en cada capítulo se convierta en su mayor obstáculo.

Lo mejor: el show de carisma que montan los personajes, así como los pasajes en que se ve el funcionamiento de la industria.

Lo peor: repetición en conceptos y discursos acelerados.

Brinda: Esperanza

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