Crítica (especial): Mad Men

Por Guadalupe Reboredo

Hace cinco años se emitía el último capítulo de Mad Men, la historia de un grupo de publicitas de la Avenida Madison de Nueva York que enamoró a la audiencia con sus múltiples, exquisitos y complejos personajes.

 

El 22 de mayo la serie dejará de estar disponible en Netflix, por eso recomendamos a los lectores de Objetivo Cine que aprovechen para hacer maratón de esta gran producción que abarca mucho más que la frivolidad del ámbito publicitario: cuestiona el vacío del éxito, las relaciones amorosas, los vínculos familiares, el deber ser y, en más de una ocasión, nos obliga a repreguntarnos por qué le tememos tanto a la muerte.

La serie creada por Matthew Weiner se emitió originalmente entre 2007 y 2015 por el canal estadounidense AMC. A lo largo de siete temporadas, avanza con un ritmo sostenido en modo avión, a veces dando la sensación, incluso, de que no pasa nada, para terminar entendiendo todo al final del capítulo. Tiene golpes de efecto, como cualquier guión clásico, pero son suaves, como si a los creadores no les hubiera interesado la reacción del público sino que, por el contrario, fuera el hilo conductor de las vivencias cotidianas de los personajes lo que naturalmente decanta en momentos inolvidables.

Mad Men está ambientada en los años 60 y principios de los 70, en un Estados Unidos convulsionado por los cambios sociales, políticos, la Guerra de Vietnam y el revuelo cultural que todo esto conllevó. Mientras seguimos los pasos del genio de la publicidad Don Draper, encarnado por John Hamm, y todo lo que ocurre en las oficinas Sterling Cooper, vemos también (y me recuerda a Forrest Gump) cómo va cambiando la sociedad de la pos guerra: los conflictos raciales, la re-definición del concepto de familia, el hiperconsumismo como sinónimo de bienestar y estatus social y su contracara, el auge hippie.

Merece un párrafo aparte la dirección artística de la serie: la escenografía, el vestuario (¡cómo ha vuelto esta moda!), la fotografía, todo funciona a la perfección; nos transporta 60 años atrás y avanzamos a paso lento, mientras suena de fondo el jazz del compositor David Carbonara o los clásicos de Los Beatles, Frank Sinatra, Joni Mitchell y David Bowie, en la Nueva York cosmopolita (y violenta) o en la California alegre, colorida y bohemia.

Si no se le presta demasiado atención, el asesinato de Martin Luther King o la muerte de Marilyn Monroe pueden parecer meros guiños de época cuando, en realidad y de manera solapada, actúan como espejo de las situaciones que atraviesan los personajes e incluso producen efectos en los modos en comunicar: Don y su protegida, la redactora creativa Peggy Olson, saben que la sociedad norteamericana no verá las cosas de la misma manera después del homicidio de Kennedy. Lo saben al punto de quedarse a trasnochar en la oficina porque el anuncio televisivo que tenían planeado ya no debería salir al aire.

Don es un personaje atractivo, enigmático, mujeriego, ingenioso y un ganador que siempre se sale con la suya, o casi siempre; y aunque estamos de su lado, a veces celebramos sus caídas porque, si quiere o sin ni siquiera pensarlo, puede ser muy desagradable. Don Draper es el antihéroe, el desertor de la guerra, una identidad construida a base de mentiras, pero es cuando se quiebra y muestra su sensibilidad cuando nos conquista como espectadores. Quizás porque, en última instancia, lo que nos conmueve es justamente su humanidad: después de todo, ¿no tenemos más de una faceta en la vida?

 

Fuera del ámbito profesional, Draper no se destaca en nada, o mejor dicho sobresale para mal. Es un marido infiel (casi adicto a las mujeres) y un padre ausente. La responsabilidad de los personajes masculinos para con su vida doméstica es otro ítem que está presente en la totalidad de la serie: los hombres de Sterling Cooper son poderosos y soberbios, pero sus actos tienen consecuencias y, cuando llega la reacción, se sienten desencajados. “Lo único que hacías era mandarme regalos elegidos por tus secretarias”, le reprocha su hija al multimillonario Roger Sterling, quien se queda sin palabras.

Más allá del gran protagónico de John Hamm, son los personajes que lo rodean los que realmente le dan vida a esta producción y son, sin lugar a dudas, las mujeres las que se llevan todos los créditos. Si el mundo fuera justo, Mad Men se debería llamar “Tough Women”. Betty Draper encarnando el agobio que significa ser ama de casa, mezcla de trabajo constante y aburrimiento infinito; Joan Harris, la bomba sexual, la mujer que aprende a usar la cosificación a su favor y le da batalla desde adentro; Megan Draper, que no sabe cómo ser esposa y actriz a la vez, y que cree que no debería ser forzada a elegir; Sally Draper, la hija, una nueva generación que rompe con lo establecido; y mi preferida, Peggy Olson, co-protagonista de esta historia, la chica de Brooklyn que llega como secretaria a Sterling Cooper y termina desarrollando su carrera profesional contra viento y marea, enfrentándose con su familia y sus propias creencias.

Peggy (magistral actuación de Elisabeth Moss) soporta todo tipo de destrato para agrietar el techo de cristal que la asfixia en el mundo laboral. No es una líder feminista, no se enrola en ningún partido ni asiste a una manifestación, pero su deseo personal la lleva a reconocer los desafíos del colectivo. “Yo tampoco puedo hacer muchas de esas cosas”, le dice a un joven periodista cuando discuten sobre los derechos de las personas negras, y es quizás la aseveración con mayor contenido ideológico que lanza a lo largo de la serie. Sin embargo, en los hechos es consciente y profundamente empática con las mujeres que la rodean, aún con las que persiguen un modelo tradicional que no le es indiferente, pero que no logra encajar con sus aspiraciones. Los hombres en la vida de Peggy también enfrentan un dilema: ¿qué lugar ocupan siendo que su pareja se ha corrido de los límites establecidos del rol de ama de casa, madre o incluso del trabajo “esperable” de una mujer (secretaria)?

Las mujeres de Mad Men no la tienen fácil, no terminan de acomodarse en los lugares que ellas mismas eligieron, pero saben que los eligieron. Son los grandes ítems matrimonio/hijos/carrera/pareja los que las aquejan, y el por qué a las mujeres no se les permite combinarlos. Con sus muy distintos perfiles, encarnan lo que, aún 60 años después (¡terrible!) todas en algún punto sentimos. Son las heroínas de esta historia. Por eso Mad Men es una serie obligada para los tiempos que corren, un disparador de debates y reflexiones. No es un registro de época, es un manifiesto tan actual que asusta.

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